Las maletas se han convertido en mi metáfora, en un mito personal. Nunca había tenido que hallarle sitio a las cosas indispensables y dejar fuera todo lo otro. Nunca tanto como ahora. Ellas, mis maletas, son la ilustración perfecta de este año: las mismas, quizá un poco más sucias, pero todo el contenido es distinto.
Ya no están las chamarras que me acompañaron en el invierno ni las botas favoritas que me regaló mi abuela. Ya no está la blusa que tanto me gustaba y un día me aburrió. Ya no están las piernas cansadas ni las lágrimas fáciles o la desesperación por estar sola. Ya no están los desvelos recordándolo ni el arrepentimiento de los primeros meses. Ya no están las palabras, ni las circunstancias.
Según los expertos en equipaje hay que viajar ligero, pero después de casi un año, lograrlo es totalmente improbable. Según esta gente, lo más resistente debe ir al fondo y lo que se arruga con mayor facilidad, hasta arriba. Ahora están un par de nuevos pantalones y zapatos, nuevos amigos, esta capacidad recién descubierta del “te quiero” fácil pero sincero, las obsesiones de quien ha vivido sola y un montón de nuevos recuerdos en una bolsita de souvenir de museo.
Ahora están las nuevas comidas favoritas y las puestas de sol en otros lugares; las otras palabras, gente y circunstancias.
No cabe tanto, no hay sitio. Como al principio, habrá que dejar cosas para que caminar no se haga imposible.
Imagino la cara de mi madre al ver que no hay rastro de la ropa antigua, pero ese era el objetivo: cambiarlo todo.
P.S.
Yo ya había escuchado esas historias de gente que desaparece sin más, como si su cuerpo se sublimara y pasara del sólido al gas para confundirse con el aire. Ya había oído que hay gente que está un momento aquí y al siguiente ya no.
Aquella mañana me decidí a visitar a mi madre. Hacía semanas que no iba a su casa y sabía que me esperaba un reclamo.
Mi madre es una mujer de 65 años que, como siempre independiente, vive sola en un apartamento de pocos metros cuadrados con lo indispensable. Se mudó el día en que la casa comenzó a ser demasiado grande para ella. Mi padre había muerto y yo me buscaba la vida en otra ciudad.
Tenía mi propia llave. Nunca ha sido necesario anunciar mi llegada.
Entré al apartamento de paredes rosa coral, llamándola.
-¿Madre?
Nadie responde.
Su cama está deshecha. Para ser las 10 de mañana es lógico que recién se haya levantado. Escucho el agua salir del grifo y caer sobre la bañera. Veo sus pantuflas al pie de la cama.
-Perdona, mamá. El trabajo se complicó estos días.
Nadie responde.
Me siento al borde de la cama como cuando era niño y le contaba las cosas que habíamos hecho en el campamento del fin de semana. Veo sobre la cómoda el blister de ketorolaco inseparable de mamá.
-¿Te ha vuelto la migraña?
A falta de respuestas, camino hacia el cuarto de baño. La puerta está semi abierta así que tampoco hay que llamar a la puerta.
El agua cae sobre la bañera blanca reluciente por la luz del día nuevo. La esponja y el gel de baño esperan ser usados. La bata turquesa reposa sobre una vieja sillita.
-¿Madre?
Nadie responde.
Echo un vistazo rápido al apartamento. No hay nada extraño. Todo está perfectamente en su lugar o fuera de él, en un escenario típico de la vida cotidiana. Juraría que mi madre va a salir por aquella puerta.
Esperé una hora, tres, cuatro… Toda la noche y dos días más.La verdad, es que desde la primera media hora supe que mamá se había fundido con el aire.
* * *
Sigo viniendo cada semana. Abro el grifo para llenar la bañera con agua tibia y me siento al borde de la cama. Una hora y media, por si le dan ganas de volver.
Llevo seis meses dejando correr el agua ya fría y limpiando todo antes de regresar a mi puesto nuevo en un trabajo que conseguí cerca del apartamento.
Espero que le den ganas de volver.
La verdad, yo ya había escuchado esas historias de gente que desaparece.
P.S.
Roberto Bolaño
I.
Te vas a olvidar de mi nombre y de la temperatura que tenía mi boca. También de mis labios sobre tus párpados. Esos lugares que visitamos te serán nuevos ahora y pensarás que se confunden los que te preguntan sobre mí.
II.
Calla, no les respondas.
Tú sabes que no me conoces, que ignoras mis pasos, mi casa y todo lo que me hace reír. Gira la cabeza, no los mires.
III.
Ese tiempo en que mis manos dibujaban líneas sobre tu pecho… ¿Cuándo?
IV.
Te vas a olvidar de mi nombre y de todas las palabras que riman con él. Continúan confundidos aquellos que te hablan de mí.
V.
Por favor, olvídate de mi nombre.
P.S.
– “Adán y Eva”, Jaime Sabines
UNO
I.
Vemos luz de estrellas antiguas, fuego presente pero ausente.
Viajamos para encontrarlas, cruzamos el espacio, giramos. Caemos o no, flotamos. Nos aferramos a nuestros cuerpos para no perdernos.
Buscamos estrellas.
II.
Y así como ellas no existen, viajé en busca de tus ojos hallándolos negros, fijos, encontrando solo huellas de pasado.
No había nada para mí.
III.
Tus ojos son estrellas, esa luz antigua.
P.S.
Enrique Falcón

Es imposible estar triste en estas circunstancias.
Cuando decidiste viajar [también] lo hiciste porque la separación siempre ha sido un reto para tu débil voluntad. Querías saber que eras capaz de pasar páginas, de sacudir el polvo, sin dolor, que se va acumulando con el paso del tiempo.
Read moreMi padre últimamente se ha volcado en “el conocimiento de Dios”. Siempre me habla de lo piadoso y lo bueno que es.
Mi padre no debería saber lo que yo pienso: que Dios es un dios malo.
Lo de la torre de Babel me parece la prueba perfecta: los hombres pretendían alcanzar el cielo, pero como solo le pertenece a lo divino, Dios los castigó con la confusión de las lenguas.
Ojalá yo tuviera toda la vida para aprender todas esas otras lenguas del mundo…
Por suerte existen traductores, que fuerzan la interpretación al máximo, pero nunca será igual. Desde que me contaron que los esquimales tienen más de 20 palabras para referirse a la nieve, me he convencido de que la traducción es una imposibilidad.
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Me he dedicido a no escribir más #cuentitos hasta no terminar la pila de libros que tengo por leer. El mundo no necesita más textos malos.